La vida del ser humano es una sucesión de experiencias y vivencias. Todas y cada una de ellas conforman la globalidad de la vida, y a su vez, todas y cada una de ellas son lecciones que nos sirven para aprender a vivir. Lo que cada uno aprende, y como aplicar y reaccionar a lo aprehendido, ya es algo que depende de muchas variables personales; pero lo que es indiscutible es que cada experiencia en la vida es una lección que vamos atesorando desde que nacemos.
Hay lecciones agradables, como degustar el manjar que más aprecias, o dolorosas, como caerte y hacerte daño con tus primeros pasos; y con todas ellas vas configurando tu vida. Evidentemente, cada ser humano vive, asimila e interioriza sus propias experiencias, aunque muchas de ellas puedan ser experiencias colectivas, y de cada una de ellas puede extraer tantas lecciones como considere oportunas.
Una reciente experiencia colectiva fue el terremoto sucedido en Japón el pasado 11 de marzo. Fue del tipo doloroso y, como todas las experiencias generadas por la naturaleza, universal en cuanto a la posibilidad de que ninguna zona del planeta esta libre de padecer desastres de ese calibre. Es como si el Universo, que con tanta frecuencia nos premia con experiencias agradables, nos quisiera aleccionar con dolorosas lecciones.
Japón está situado en una zona de alto riesgo sísmico y ha sufrido innumerables terremotos, pero este último, que alcanzó el 9 en una escala de 10 grados, y sus efectos con olas de hasta 10 metros, han desbordado al país mejor preparado del mundo para resistir sismos. De hecho lo ha demostrado: menos de 30.000 víctimas, entre muertos y desaparecidos, frente a las 300.000 que provocó en Haití un terremoto dos grados menor y sin tsunami posterior. Así que, en ese sentido, la lección de Haití fue más dolorosa que la de Japón, pero esta última puede que deje muchas enseñanzas más.
La primera, por si no estaba lo suficientemente claro, es la peligrosidad de la energía nuclear y de sus residuos, que siguen estando ahí por mucho que se les quiera ocultar. Las consecuencias del desastre en la central nuclear japonesa son imprevisibles, pero nada halagüeñas y dejan patente el riesgo de las instalaciones y los residuos nucleares en situaciones muy extremas. Aún así los defensores de este tipo de energía dicen que es segura, y necesaria porque consumimos mucha energía.
El imperio del sol naciente, hundido tras la segunda guerra mundial y las dos bombas atómicas, empezó a remontar el vuelo a partir de que, en 1952, cesara la ocupación norteamericana del país nipón. Desde ese momento su economía comenzó a crecer hasta situarse como el segundo país más poderoso, tras Estados Unidos. Pero no sólo logró eso, sino que instituyó las bases del consumismo actual.
Hasta los años setenta el modelo dominante en la producción capitalista era el “fordismo”, basado en la cadena de montaje y la producción y venta en serie, con trabadores muy especializados y productos muy estandarizados, ya que lo más importante es la máxima producción, después ya se vendería, aunque fuera con estratagemas como la “obsolescencia programada”, por la que se fabricaban algunos productos con una duración calculada.
La búsqueda de soluciones para la crisis de los setenta originó el “toyotismo”, que incorporo flexibilidad en todo el proceso, obreros polivalentes, diversificación del producto y adecuación a la demanda. La evolución tecnológica permitió la constante renovación y mejora de los productos, hasta convertirse prácticamente en un consumo a la carta, el paradigma del consumismo total. Ya no era necesaria la obsolescencia programada, porque había sido sustituida por una obsolescencia tecnológica, estética o funcional. También aportó la descentralización y la subcontratación, con la consiguiente influencia en la exportación del modelo y globalización económica del planeta.
El propio triunfo del sistema consumista demandó más energía, lo que, junto con el elevado precio del petróleo, fue un espaldarazo para la proliferación de centrales nucleares, precisamente como la siniestrada ahora.
El proceso de socialización de la, indiscutiblemente, disciplinada y respetuosa sociedad japonesa también tuvo sus aspectos negativos. La espiritualidad de los japoneses contrasta con algunas de sus acciones, como matar ballenas o delfines, pero sobre todo con el consumismo generalizado de un país donde todo está orientado hacia el consumo, que es incluso el que provoca las crueles matanzas de esos animales para comercializar su carne. La adición de las nuevas generaciones al consumo es tal que su único objetivo es consumir. Trabajan para obtener dinero para consumir, y hasta sus escasas vacaciones son tomadas como un consumo brutal de viajes y visitas. Mientras tanto, acuciado por el apego a las cosas, pierde valor el contacto humano y la sociedad degenera en un engendro en el que el 25 por ciento de los delitos es cometido por ancianos que buscan refugio en la cárcel a sus carencias económicas y emocionales.
El 95 por ciento de la población japonesa es consumista, concepto definido por el gasto de más de siete mil euros al año por persona en necesidades básicas. Los europeos no le andamos muy a la zaga, con el 89 por ciento de la población, y los americanos rondan el 84 por ciento. El 28 por ciento de la población mundial es consumista. En China y la India, economías emergentes, sólo lo es el 19 y el 12 por ciento respectivamente; muchos de los restantes son prácticamente esclavos. Si continuamos potenciando el consumismo global el planeta acabara auto fagocitándose con todos sus recursos agotados por un tercio de la población mientras los otros dos tercios mueren de hambre o esclavizados.
La crisis de los setenta potenció y facilitó el consumismo absoluto, incluido el energético, que al fin y al cabo es el que marca y permite el resto, y la sociedad consumista degeneró hasta el punto actual. Entonces el “toyotismo” sustituyó al “fordismo”. Ahora disponemos de tecnología para obtener energía limpias, aunque no interese demasiado a las grandes multinacionales devoradoras de recursos ni al gran capital ansioso de un cancerígeno y desproporcionado crecimiento sólo en busca del máximo beneficio económico. Quizás haya que aprender de las dolorosas lecciones que nos infringe la naturaleza y cambiar nuestras conciencias hacia un “reciclismo”, donde seamos menos voraces con nuestro propio entorno y aprendamos a necesitar, a consumir y a desechar menos; y a valorar, adaptar y reciclar más, incluidas las relaciones. Con pequeños cambios de actitudes podremos conseguir buenos resultados. Mientras tanto, viviremos sólo para trabajar y consumir, y eso es precisamente lo que les estamos inculcando a las nuevas generaciones.
Con demasiada frecuencia nos imponen una supuesta realidad, y ocultan esos pequeños detalles que marcan la diferencia.
martes, 5 de abril de 2011
martes, 15 de marzo de 2011
Causas comunes
Todas las grandes Revoluciones sociales y políticas de este planeta a lo largo de la historia conocida están motivadas por causas similares. La Revolución Norteamericana, la Francesa, la Mexicana, la Rusa, la China y la Cubana fueron la triunfante cristalización del descontento de las clases sociales inferiores con sus respectivos gobernantes.
Aunque el resultado definitivo de los levantamientos a medio y largo plazo no fuera el deseado, si era efectiva la buscada ruptura inmediata con las injusticias, opresiones, privilegios, conflictos y pobreza que sufría la mayor parte de la sociedad, y por lo tanto las revoluciones, en su momento, siempre eran positivas. En ese sentido, las recientes rebeliones en Túnez y Egipto (y ojalá Libia y otros países oprimidos) son un paso adelante en la libertad del mundo y en desenmascarar la hipocresía de los países occidentales, primero manteniendo muchos territorios en situación colonial, y luego permitiendo dictaduras en ellos por intereses económicos.
La necesidad de llegar a la revolución la marca la insostenibilidad de la situación. En ocasiones los gobernantes son déspotas que, en sus excesos, soliviantan a los gobernados que acaban revelándose. Otras veces el régimen o el sistema se envilecen y degeneran hasta hartar a los administrados.
Una de las causas comunes de las revoluciones, o de la opresión que las causa, es que los gobernantes y los gobernados viven realidades diferentes. Unos gobiernan ajenos a la realidad de los otros, y así es complicado hacerlo. El jeque, el rey, el caudillo o el mandatario de turno, inmersos en sus burbujas de opulencia y poder, ignoran las estrecheces y necesidades del pueblo llano al que administran. En todos los sistemas de gobierno diferentes a la democracia, en la que supuestamente el pueblo es quien elige a los gobernantes, es muy factible esa desviación entre las realidades de administradores y administrados, y por eso se daban, y dan, tantos abusos de poder. Gadafi, en plena rebelión, aun perjura lo mucho que le quiere su pueblo, como suele sucederles a los peores déspotas que alcanzan el poder.
Lo preocupante es que también la democracia, quizás por las carencias del propio sistema, por su degeneración en una Partitocracia en la que gobierna una dicotomía de partidos que son quienes realmente eligen a los candidatos, o por efectos del poder continuado como se analizó en borracheras sonadas, produce ese efecto de realidades diferentes entre gobernantes y gobernados. Aznar provocó la participación de España en la ilegal guerra de Irak en contra de la voluntad del 90 por ciento de los españoles.
A veces las realidades diferentes son en cuestiones menos trascendentes, como cuando Zapatero desconocía el precio de un café, o Rajoy llamaba “los chuches” a “las chuches” que consumen los niños. Ambas son nimiedades, pero delatan la distancia que hay entre quien gobierna, o aspira a ello, y quien sufre los efectos de ese gobierno.
La reciente intervención del Consejero de Transportes de la Comunidad de Madrid afirmando la inexistencia de un sistema de abono de 10 viajes que lleva siendo utilizado desde hace más de diez años por decenas de miles de madrileños es otro ejemplo de ese distanciamiento entre gobernantes y gobernados.
Queda claro que el señor Consejero no ha cogido el transporte público en su vida, y para dejarlo patente, en su pretensión de ridiculizar a su rival político, parece querer imitar un discurso típico de Muchachada Nui en su forma y expresión, y finalmente es él quien hace el más espantoso de los ridículos, incrementado aún más por la carga de soberbia de la intervención.
Que el Consejero de Transportes desconozca de ese modo el sistema del que es el máximo responsable es un motivo más que suficiente para que abandone el cargo. Evidentemente no lo va a hacer porque la mayoría de los 64 diputados populares de la Comunidad de Madrid, incluida su Presidenta, Esperanza Aguirre, aplaudieron y jalearon a su compañero en la metedura de pata. Señal inequívoca de que ninguno de ellos conocía la existencia del “metrobús”, y de que quienes gobiernan viven en una realidad completamente distinta de sus gobernados.
Los políticos, a través de los grandes partidos, y disfrazados de democracia, han formado una cerrada Casta, no demasiado diferente de las clases nobles y aristocráticas que dirigían otros regímenes, y como aquellas, se limitan a favorecer al capital, al poder y a sus propios intereses y privilegios, y con un desconocimiento absoluto de la realidad de sus administrados. Muchos de quienes nos gobiernan demuestran con sus actitudes que son indignos de representarnos y se asemejan cada vez más a las repugnantes camarillas de poder que surgían en los mas decadentes regimenes políticos, pero sin embargo siguen saliendo elegidos porque repiten una y otra vez en las listas, hasta que logran una dedicación más cómoda y mejor remunerada.
Evidentemente no todos nuestros gobernantes son así, pero muchos si, y aunque pretendan ocultarlo, sucesos como el del “metrobús” les delatan e incrementan ese distanciamiento entre gobiernos y administrados que es una causa común en las revoluciones.
Aunque el resultado definitivo de los levantamientos a medio y largo plazo no fuera el deseado, si era efectiva la buscada ruptura inmediata con las injusticias, opresiones, privilegios, conflictos y pobreza que sufría la mayor parte de la sociedad, y por lo tanto las revoluciones, en su momento, siempre eran positivas. En ese sentido, las recientes rebeliones en Túnez y Egipto (y ojalá Libia y otros países oprimidos) son un paso adelante en la libertad del mundo y en desenmascarar la hipocresía de los países occidentales, primero manteniendo muchos territorios en situación colonial, y luego permitiendo dictaduras en ellos por intereses económicos.
La necesidad de llegar a la revolución la marca la insostenibilidad de la situación. En ocasiones los gobernantes son déspotas que, en sus excesos, soliviantan a los gobernados que acaban revelándose. Otras veces el régimen o el sistema se envilecen y degeneran hasta hartar a los administrados.
Una de las causas comunes de las revoluciones, o de la opresión que las causa, es que los gobernantes y los gobernados viven realidades diferentes. Unos gobiernan ajenos a la realidad de los otros, y así es complicado hacerlo. El jeque, el rey, el caudillo o el mandatario de turno, inmersos en sus burbujas de opulencia y poder, ignoran las estrecheces y necesidades del pueblo llano al que administran. En todos los sistemas de gobierno diferentes a la democracia, en la que supuestamente el pueblo es quien elige a los gobernantes, es muy factible esa desviación entre las realidades de administradores y administrados, y por eso se daban, y dan, tantos abusos de poder. Gadafi, en plena rebelión, aun perjura lo mucho que le quiere su pueblo, como suele sucederles a los peores déspotas que alcanzan el poder.
Lo preocupante es que también la democracia, quizás por las carencias del propio sistema, por su degeneración en una Partitocracia en la que gobierna una dicotomía de partidos que son quienes realmente eligen a los candidatos, o por efectos del poder continuado como se analizó en borracheras sonadas, produce ese efecto de realidades diferentes entre gobernantes y gobernados. Aznar provocó la participación de España en la ilegal guerra de Irak en contra de la voluntad del 90 por ciento de los españoles.
A veces las realidades diferentes son en cuestiones menos trascendentes, como cuando Zapatero desconocía el precio de un café, o Rajoy llamaba “los chuches” a “las chuches” que consumen los niños. Ambas son nimiedades, pero delatan la distancia que hay entre quien gobierna, o aspira a ello, y quien sufre los efectos de ese gobierno.
La reciente intervención del Consejero de Transportes de la Comunidad de Madrid afirmando la inexistencia de un sistema de abono de 10 viajes que lleva siendo utilizado desde hace más de diez años por decenas de miles de madrileños es otro ejemplo de ese distanciamiento entre gobernantes y gobernados.
Queda claro que el señor Consejero no ha cogido el transporte público en su vida, y para dejarlo patente, en su pretensión de ridiculizar a su rival político, parece querer imitar un discurso típico de Muchachada Nui en su forma y expresión, y finalmente es él quien hace el más espantoso de los ridículos, incrementado aún más por la carga de soberbia de la intervención.
Que el Consejero de Transportes desconozca de ese modo el sistema del que es el máximo responsable es un motivo más que suficiente para que abandone el cargo. Evidentemente no lo va a hacer porque la mayoría de los 64 diputados populares de la Comunidad de Madrid, incluida su Presidenta, Esperanza Aguirre, aplaudieron y jalearon a su compañero en la metedura de pata. Señal inequívoca de que ninguno de ellos conocía la existencia del “metrobús”, y de que quienes gobiernan viven en una realidad completamente distinta de sus gobernados.
Los políticos, a través de los grandes partidos, y disfrazados de democracia, han formado una cerrada Casta, no demasiado diferente de las clases nobles y aristocráticas que dirigían otros regímenes, y como aquellas, se limitan a favorecer al capital, al poder y a sus propios intereses y privilegios, y con un desconocimiento absoluto de la realidad de sus administrados. Muchos de quienes nos gobiernan demuestran con sus actitudes que son indignos de representarnos y se asemejan cada vez más a las repugnantes camarillas de poder que surgían en los mas decadentes regimenes políticos, pero sin embargo siguen saliendo elegidos porque repiten una y otra vez en las listas, hasta que logran una dedicación más cómoda y mejor remunerada.
Evidentemente no todos nuestros gobernantes son así, pero muchos si, y aunque pretendan ocultarlo, sucesos como el del “metrobús” les delatan e incrementan ese distanciamiento entre gobiernos y administrados que es una causa común en las revoluciones.
martes, 1 de marzo de 2011
Pegatinas salvadoras
El aumento del precio del petróleo debido a la convulsa situación política en algunos de los países productores ha provocado que, una vez más, el iluminado gobierno español vele por los intereses de sus derrochadores administrados. Ya que los inconscientes españoles no son capaces de ahorrar, ni aún cuando estás sumidos en una profunda crisis, ellos han decidido obligarles a hacerlo. La actuación estelar para lograrlo será reducir, a partir del 7 de marzo, de 120 a 110 la velocidad máxima en autovías y autopistas.
En principio, para justificar su decisión, afirmaban que la medida reduciría en un 15 por ciento el consumo de gasolina y un 11 por ciento el de gasóleo. Como siempre, cálculos muy optimistas de nuestros gobernantes, ya que posteriormente, y depende de quien lo defendiera, estimaban el porcentaje de ahorro entre el 3 y el 12 por ciento.
Lo cierto es que la medida es un palo de ciego más de los muchos con que nos sorprende este perdido gobierno ante su inoperancia para paliar la denominada crisis.
El 25 de febrero, cuando se anunció la medida, el precio del barril de petróleo cotizaba a 112 dólares, y el euro a 1,36 dólares; es decir, el barril de petróleo nos costaba a menos de 83 euros. En julio de 2008 el petróleo alcanzó su precio máximo de 147 dólares el barril. Entonces, cada euro se cotizaba a 1,60 dólares, lo que arrojaba un precio real cercano a los 92 euros por barril.
Aquel precio record del crudo era un 11 por ciento superior al de ahora, y sin embargo ahora las gasolinas y gasóleos son más caros. La explicación no está en que, por ejemplo, Repsol, la mayor petrolera española haya incrementado sus beneficios un 55 por ciento en 2010, sino en que, desde entonces, nuestro amado gobierno ha incrementado la presión fiscal sobre los carburantes en cifras cercanas a ese 11 por ciento. Es verdad que en España, a pesar de que más de la mitad de lo que se paga por ellos son impuestos, los combustibles están menos gravados que en la media de la Unión Europea.
Tal vez tendrían que subirlos aún más para incentivar el ahorro, pero que lo hagan abiertamente y dejen de tratarnos como gilipollas con sus estupideces. La medida que han aprobado costará “sólo” 250.000 euros dicen, a lo que, supongo, tendrán que añadir las horas extras de los operarios encargados de colocar las pegatinas salvadoras en las 6.000 señales de tráfico de la red estatal afectadas por la medida. Cada Comunidad Autónoma tendrá que hacer lo propio en sus autopistas y autovías, así que presumiblemente el coste no será tan escaso como predican.
Lo que puede que aún sea menor que sus previsiones es el ahorro que pronostican. Alrededor del 44 por ciento del petróleo consumido en España se destina a combustibles de automoción, lo que significa que el 56 por ciento restante no se vera afectado por la medida, como tampoco lo harán los vehículos pesados y autobuses, ya que tienen límites de velocidad inferiores. Así pues, la medida del incalculable ahorro, con la que dicen pretender ahorrar un 15 por ciento en el consumo de combustibles, aunque ahora ya lo reducen a un 3 por ciento más realista, afecta únicamente a los automóviles turismos que circulen por autopistas y autovías.
En realidad, y para ser más exactos, por mucho que nos quiera vender este titubeante gobierno los únicos que ahorrarán un escaso 3 por ciento de combustible serán los automovilistas usuarios de autopistas y autovías, y únicamente cuando las utilicen, porque en los atascos y en ciudad, el consumo de sus coches seguirá siendo tan elevado como siempre. La miseria que ahorrará la medida no dará ni para cubrir el coste de las pegatinas, aunque lo recuperarán fácilmente con la previsible lluvia de multas que puede provocar esa reducción en la velocidad.
Consciente de la metedura de pata, Zapatero vuelve ahora a proclamar el papel salvador del Estado con respecto a nuestra salud, como hizo con el tabaco, y dice que la medida ahorrará vidas humanas y evitará contaminación. Es muy probable, pero si la medida es tan positiva, que se dejen de parches-pegatina, como con todo lo que hacen, y que la pongan definitivamente; pero, por favor, que no cuiden más de nuestra salud. Aviso para navegantes: un estudio de la Universidad de Ohio afirma que el sexo oral provoca más cáncer de boca y garganta que el tabaco. A lo mejor, ya que la medida de la velocidad es provisional, y dada la austeridad con la que tratan a los ciudadanos, pueden reutilizar las salvadoras pegatinas para prevenirnos del sexo oral tapándonos con ellas la boca, y de paso acallar nuestras voces.
En principio, para justificar su decisión, afirmaban que la medida reduciría en un 15 por ciento el consumo de gasolina y un 11 por ciento el de gasóleo. Como siempre, cálculos muy optimistas de nuestros gobernantes, ya que posteriormente, y depende de quien lo defendiera, estimaban el porcentaje de ahorro entre el 3 y el 12 por ciento.
Lo cierto es que la medida es un palo de ciego más de los muchos con que nos sorprende este perdido gobierno ante su inoperancia para paliar la denominada crisis.
El 25 de febrero, cuando se anunció la medida, el precio del barril de petróleo cotizaba a 112 dólares, y el euro a 1,36 dólares; es decir, el barril de petróleo nos costaba a menos de 83 euros. En julio de 2008 el petróleo alcanzó su precio máximo de 147 dólares el barril. Entonces, cada euro se cotizaba a 1,60 dólares, lo que arrojaba un precio real cercano a los 92 euros por barril.
Aquel precio record del crudo era un 11 por ciento superior al de ahora, y sin embargo ahora las gasolinas y gasóleos son más caros. La explicación no está en que, por ejemplo, Repsol, la mayor petrolera española haya incrementado sus beneficios un 55 por ciento en 2010, sino en que, desde entonces, nuestro amado gobierno ha incrementado la presión fiscal sobre los carburantes en cifras cercanas a ese 11 por ciento. Es verdad que en España, a pesar de que más de la mitad de lo que se paga por ellos son impuestos, los combustibles están menos gravados que en la media de la Unión Europea.
Tal vez tendrían que subirlos aún más para incentivar el ahorro, pero que lo hagan abiertamente y dejen de tratarnos como gilipollas con sus estupideces. La medida que han aprobado costará “sólo” 250.000 euros dicen, a lo que, supongo, tendrán que añadir las horas extras de los operarios encargados de colocar las pegatinas salvadoras en las 6.000 señales de tráfico de la red estatal afectadas por la medida. Cada Comunidad Autónoma tendrá que hacer lo propio en sus autopistas y autovías, así que presumiblemente el coste no será tan escaso como predican.
Lo que puede que aún sea menor que sus previsiones es el ahorro que pronostican. Alrededor del 44 por ciento del petróleo consumido en España se destina a combustibles de automoción, lo que significa que el 56 por ciento restante no se vera afectado por la medida, como tampoco lo harán los vehículos pesados y autobuses, ya que tienen límites de velocidad inferiores. Así pues, la medida del incalculable ahorro, con la que dicen pretender ahorrar un 15 por ciento en el consumo de combustibles, aunque ahora ya lo reducen a un 3 por ciento más realista, afecta únicamente a los automóviles turismos que circulen por autopistas y autovías.
En realidad, y para ser más exactos, por mucho que nos quiera vender este titubeante gobierno los únicos que ahorrarán un escaso 3 por ciento de combustible serán los automovilistas usuarios de autopistas y autovías, y únicamente cuando las utilicen, porque en los atascos y en ciudad, el consumo de sus coches seguirá siendo tan elevado como siempre. La miseria que ahorrará la medida no dará ni para cubrir el coste de las pegatinas, aunque lo recuperarán fácilmente con la previsible lluvia de multas que puede provocar esa reducción en la velocidad.
Consciente de la metedura de pata, Zapatero vuelve ahora a proclamar el papel salvador del Estado con respecto a nuestra salud, como hizo con el tabaco, y dice que la medida ahorrará vidas humanas y evitará contaminación. Es muy probable, pero si la medida es tan positiva, que se dejen de parches-pegatina, como con todo lo que hacen, y que la pongan definitivamente; pero, por favor, que no cuiden más de nuestra salud. Aviso para navegantes: un estudio de la Universidad de Ohio afirma que el sexo oral provoca más cáncer de boca y garganta que el tabaco. A lo mejor, ya que la medida de la velocidad es provisional, y dada la austeridad con la que tratan a los ciudadanos, pueden reutilizar las salvadoras pegatinas para prevenirnos del sexo oral tapándonos con ellas la boca, y de paso acallar nuestras voces.
domingo, 13 de febrero de 2011
Grandes demócratas
Los líderes políticos de los países occidentales han sido unánimes al apoyar la rebelión del pueblo egipcio para derrocar a su presidente, Hosni Mubarak. La encomiable actitud de los presidentes electos de las grandes democracias ha sido ejemplar. Tanto los grandes de la Unión Europea como Barak Obama no dudaron en pedir a Mubarak mayor aperturismo democrático en Egipto e incluso le presionaron para que abandonara el país. Con la reciente caída del régimen tunecino, la pretendida lección democrática, ha sido similar.
Pero en ambos casos esa unanimidad absoluta de los líderes occidentales en defensa de la democracia en estos países llega muy tarde. En realidad antes esos mismos líderes, u otros parecidos, apoyaron a ambos déspotas para que accedieran y se mantuvieran en el poder, 23 años en el caso del tunecino Ben Ali y casi 30 en el del egipcio Mubarak. Durante todo este tiempo los supuestamente demócratas también han mantenido una unanimidad casi absoluta, pero apoyando a los ahora derrocados. Una vez más la hipocresía occidental clama al cielo y se mueve por intereses puramente económicos.
Estados Unidos es un abanderado en ello, apoyando históricamente a todo tipo de dictadores allá donde los déspotas podían favorecer su economía. Los demás no le van a la zaga, y hacen sus pinitos dentro de sus posibilidades.
Mientras el presidente del ejecutivo español, José Luis Rodríguez Zapatero respaldaba las aperturas democráticas de Túnez y Egipto, el presidente del legislativo, el tamibién muy democrático, José Bono, viajaba a Guinea Ecuatorial para comunicar al hombre que lleva 30 años gobernando aquel país desde que diera un golpe de estado en 1979, Teodoro Obiang Nguema, que “nos unen más cosas de las que nos separan” y dar un nuevo espaldarazo al régimen que representa, eso sí, por intereses económicos.
El libro es del año 2008, pero las cosas no han cambiado demasiado, y en la alabanza a tan magnífico mandatario, acompañaron al socialista Bono tres diputados más, del PSOE, del PP y de CIU, que deben ser quienes se sienten más unidos a él. Al menos el resto de partidos se negaron a ir.
¡Qué grandes demócratas dirigen nuestros países! Lo peor es que nos lo creemos, cuando la única unanimidad casi absoluta que mantienen es la sumisión al poder económico y sus propios intereses.
Pero en ambos casos esa unanimidad absoluta de los líderes occidentales en defensa de la democracia en estos países llega muy tarde. En realidad antes esos mismos líderes, u otros parecidos, apoyaron a ambos déspotas para que accedieran y se mantuvieran en el poder, 23 años en el caso del tunecino Ben Ali y casi 30 en el del egipcio Mubarak. Durante todo este tiempo los supuestamente demócratas también han mantenido una unanimidad casi absoluta, pero apoyando a los ahora derrocados. Una vez más la hipocresía occidental clama al cielo y se mueve por intereses puramente económicos.
Estados Unidos es un abanderado en ello, apoyando históricamente a todo tipo de dictadores allá donde los déspotas podían favorecer su economía. Los demás no le van a la zaga, y hacen sus pinitos dentro de sus posibilidades.
Mientras el presidente del ejecutivo español, José Luis Rodríguez Zapatero respaldaba las aperturas democráticas de Túnez y Egipto, el presidente del legislativo, el tamibién muy democrático, José Bono, viajaba a Guinea Ecuatorial para comunicar al hombre que lleva 30 años gobernando aquel país desde que diera un golpe de estado en 1979, Teodoro Obiang Nguema, que “nos unen más cosas de las que nos separan” y dar un nuevo espaldarazo al régimen que representa, eso sí, por intereses económicos.
El libro es del año 2008, pero las cosas no han cambiado demasiado, y en la alabanza a tan magnífico mandatario, acompañaron al socialista Bono tres diputados más, del PSOE, del PP y de CIU, que deben ser quienes se sienten más unidos a él. Al menos el resto de partidos se negaron a ir.
¡Qué grandes demócratas dirigen nuestros países! Lo peor es que nos lo creemos, cuando la única unanimidad casi absoluta que mantienen es la sumisión al poder económico y sus propios intereses.
miércoles, 9 de febrero de 2011
Políticas comunes
El anticiclón que los últimos días ha dejado nuestros cielos descubiertos, también ha destapado la contaminada realidad de las dos grandes metrópolis españolas: Barcelona y Madrid. Ambas incumplen desde hace años las normativas de la Unión Europea sobre concentraciones medias de dióxido de nitrógeno, nocivo para la salud humana, pero parece que sólo sucede en situaciones evidentes, como la actual. En cualquier caso, y como siempre, nuestras autoridades se preocupan por nuestra salud y adoptan medidas al respecto.
A finales de 2007 la Generalitat decidió reducir la velocidad en los accesos a Barcelona a 80 kilómetros por hora para reducir los niveles de contaminación. Algunos informes demostraron que la medida rebajaba en un cuatro por ciento los registros. Excepto ICV, el resto de los partidos catalanes, incluido el PSOE, prometieron modificar la impopular, pero efectiva, medida. El pasado siete de febrero, la nueva Generalitat gobernada por Artur Mas, realizó la sustitución de las placas que limitaban la velocidad a 80 por nuevas de 100 o 120, según el caso. Entraba en vigor una nueva normativa que aplica en la zona una velocidad variable regulada por señales luminosas, que prevalecen en sus indicaciones sobre las fijas, en función de las necesidades, especialmente, contaminantes.
Momentáneamente preocupada ante la elevada contaminación de este anticiclón, la Generalitat decidió mantener el límite de 80 hasta que el tiempo cambie. Esa fue la decisión de las autoridades catalanas para velar por la salud de los barceloneses. Después ya se podrá volver a contaminar a más velocidad, porque la mierda se la llevará el viento o la lluvia.
Las autoridades madrileñas no fueron más imaginativas. Manifestaron su preocupación por la alta contaminación registrada, eso sí, a través de las tan de moda señales luminosas, recomendando a los conductores que utilizaran el transporte público para reducir la emisión de humos. El Ayuntamiento de Madrid, donde la Concejal de Medio Ambiente es Ana Botella, esposa del ínclito expresidente José María Aznar, y tal vez aconsejada por él, ya que ahora es el experto que preside un organismo internacional para la lucha contra el cambio climático ha decidido cambiar la ubicación de una docena de estaciones medidoras de la contaminación. Con toda seguridad los datos que recojan serán mucho mejores para la salud de los madrileños, porque las han quitado de zonas de alta contaminación y las han colocado junto a parques y zonas verdes y con poco tránsito. La controvertida elección de los nuevos lugares de colocación de las estaciones propuesta por el Ayuntamiento del PP fue, en su momento, respaldado por el socialista Ministerio de Medio Ambiente cuando su titular era Elena Espinosa.
Parece que en temas medioambientales, como en el de sus salarios y privilegios, la mayoría de nuestros gobernantes siguen políticas comunes y siempre destinadas a velar por nuestra salud. Bajo esa consigna, primero obligaron a los fumadores a expulsar sus malos humos en la calle para velar por la salud de los no fumadores, aunque les importa un pepino si lo que le afecta es el humo de los tubos de escape. Ahora los fumadores se matan, en la calle, con sus humos más los del tráfico. Más tarde quizás decidan, dada la proximidad entre un hecho y otro, que son los fumadores, con su tabaco, los que acrecientan los índices de contaminación.
A finales de 2007 la Generalitat decidió reducir la velocidad en los accesos a Barcelona a 80 kilómetros por hora para reducir los niveles de contaminación. Algunos informes demostraron que la medida rebajaba en un cuatro por ciento los registros. Excepto ICV, el resto de los partidos catalanes, incluido el PSOE, prometieron modificar la impopular, pero efectiva, medida. El pasado siete de febrero, la nueva Generalitat gobernada por Artur Mas, realizó la sustitución de las placas que limitaban la velocidad a 80 por nuevas de 100 o 120, según el caso. Entraba en vigor una nueva normativa que aplica en la zona una velocidad variable regulada por señales luminosas, que prevalecen en sus indicaciones sobre las fijas, en función de las necesidades, especialmente, contaminantes.
Momentáneamente preocupada ante la elevada contaminación de este anticiclón, la Generalitat decidió mantener el límite de 80 hasta que el tiempo cambie. Esa fue la decisión de las autoridades catalanas para velar por la salud de los barceloneses. Después ya se podrá volver a contaminar a más velocidad, porque la mierda se la llevará el viento o la lluvia.
Las autoridades madrileñas no fueron más imaginativas. Manifestaron su preocupación por la alta contaminación registrada, eso sí, a través de las tan de moda señales luminosas, recomendando a los conductores que utilizaran el transporte público para reducir la emisión de humos. El Ayuntamiento de Madrid, donde la Concejal de Medio Ambiente es Ana Botella, esposa del ínclito expresidente José María Aznar, y tal vez aconsejada por él, ya que ahora es el experto que preside un organismo internacional para la lucha contra el cambio climático ha decidido cambiar la ubicación de una docena de estaciones medidoras de la contaminación. Con toda seguridad los datos que recojan serán mucho mejores para la salud de los madrileños, porque las han quitado de zonas de alta contaminación y las han colocado junto a parques y zonas verdes y con poco tránsito. La controvertida elección de los nuevos lugares de colocación de las estaciones propuesta por el Ayuntamiento del PP fue, en su momento, respaldado por el socialista Ministerio de Medio Ambiente cuando su titular era Elena Espinosa.
Parece que en temas medioambientales, como en el de sus salarios y privilegios, la mayoría de nuestros gobernantes siguen políticas comunes y siempre destinadas a velar por nuestra salud. Bajo esa consigna, primero obligaron a los fumadores a expulsar sus malos humos en la calle para velar por la salud de los no fumadores, aunque les importa un pepino si lo que le afecta es el humo de los tubos de escape. Ahora los fumadores se matan, en la calle, con sus humos más los del tráfico. Más tarde quizás decidan, dada la proximidad entre un hecho y otro, que son los fumadores, con su tabaco, los que acrecientan los índices de contaminación.
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